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Nº7 Pág. 3 Viaje Veleros

Una singladura por el Río Uruguay en el Jonense

Relato de un fin de semana largo navegando desde Concordia en un velero Plenamar 24, con noches de asado, viento sur y calma chicha.

Por Martín Racedo

Desde Federación Entre Ríos llegan las experiencias de una pequeña Escuela de Vela… Optimist para los mas chicos y travesías para los mas avezados.

Agosto, está por llegar el fin de semana largo y nos preparamos para una singladura en el Jonense (velero Plenamar 24) por el Rio Uruguay que estábamos planeando desde hace una semana.

El sábado 19 salimos 15:15 desde Federación hacia Concordia, distante una hora, con Javier y en un VW1500 que tiene para propósitos “campamentistas”, cargamos bastantes cosas como verduras, frutas, un “disco” para cocinar cuando toquemos tierra, agua, bebidas, café, queso, salame, galletitas, y un laaargo etcétera.

Mate de por medio llegamos a Puerto Luis, el puerto de Concordia. Allí se nos unió Jorge con su equipaje, y también estaba supervisando Daniel, dueño del barco.

Otros amigos en dos veleros más completarían finalmente la salida, los cuales estaban partiendo cuando llegamos al puerto así que nos encontraríamos en el primer punto previsto un poco más al norte denominado PPT, un lugar con arboledas cerca del agua donde se puede disfrutar de la naturaleza.

Así dadas las cosas, cargamos todo lo que trajimos en el barco y largamos amarras pasadas las 17:15 con un viento E. A todo esto nos agarró la noche navegando así que prendimos el GPS y con pleno marco de estrellas nos dirigimos al punto oyendo solo el ruido del agua y el viento… sensación impagable e invalorable.

Divisamos a lo lejos la luz del fuego en la inmensidad de la noche, era de nuestros compañero que ya habían llegado y preparado todo para la cena que bien nos vendría ya que el frío se hacía sentir, así que seguimos un poco más a vela, que arriamos a poco de llegar y más tarde a motor hicimos la maniobra de amarrarnos a los dos veleros y tocar proa con la costa.

Teniendo en cuenta que un velero generalmente posee una quilla de aproximadamente 1 metro (depende del tamaño) que sobresale del casco por debajo del agua, éste lugar tiene la profundidad perfecta para saltar del barco directamente a tierra.

Al bajar vimos que nuestros amigos ya tenían todo listo así que nos dispusimos a disfrutar de un buen asado y una piernita de cordero, más las bebidas a elección y charlar largamente en la serena noche. Finalmente a alguna hora de la cual no tomé nota nos fuimos a dormir al barco.

A la mañana nos levantamos 7:45 con un sur muy fuerte que comenzó a la noche, desayunamos bien y salimos a tierra a compartir unos mates amargos antes de irnos a nuestro siguiente punto.

Más al norte nos esperaba la reserva Chaviyú que tiene más o menos las mismas características, naturaleza y buena profundidad en algunos sitios para poder bajar a la costa.

Los otros dos veleros se quedarán aquí hasta el mediodía y volverán a puerto después.

Así que nos despedimos de todos, pusimos foque y rizamos la mayor (sobre todo para navegar sin mucho esfuerzo) ya que el viento alcanzaba unos 25kts y partimos a las 10:30 aproximadamente.

Con rumbo norte, barrenando olas y bastante sacudidos llegamos a Chaviyú, buscamos un lugar a reparo del viento y lo encontramos en una bahía más al sur de dónde llegamos, fuimos allí nos amarramos y Javier empezó a preparar el almuerzo en el disco. Boga frita.

Rato después algunos dormían siesta y yo salí a recorrer el lugar, anduve caminando un buen rato por el campo y de vuelta me encontré con mis amigos durmientes que al despertar salieron también a caminar. Al volver preparamos unos mates y cayendo la noche otra vez preparativos para la cazuela que comeríamos a la noche.

Se sumó Daniel que llegó por tierra y comimos muy a gusto la cazuela que si bien parecía excesiva cantidad… no quedó nada.

Recibimos noticias por teléfono de nuestros amigos que llegaron bien y mojados ya que tuvieron que orzar todo el tiempo con el viento que todavía a esta hora seguía y completaba algo de 20hs soplando.

Al rato ya estábamos en el barco y previo cafecito bien caliente, a dormir para volver al punto de partida al otro día.

Lunes 21, nos levantamos 7:30 y la radio nos informó 1º bajo cero así que nos quedamos dentro del velero desayunando para juntar calorías. Otro mate y cuando creímos conveniente salimos fuera para encontrarnos que nada quedaba del viento del día anterior y reinaba una calma chicha como si a don Eolo se le agotó el soplido.

El río también subió unos 30 centímetros, raro para la zona que no influyen las mareas y las variaciones son siempre lentas.

Levamos anclas 9:10 y a puro motor empezamos a desandar el camino rumbo a puerto, en el camino visitaríamos a un sitio que auguraba buena profundidad cerca de la costa necesario para campamentos o para protegerse en caso de emergencias, así que fuimos cual Colón lo hiciera en su época, a descubrir nuevas tierras (arenas para este caso).

Tal fue el descubrimientos que bajamos en otra bahía directamente a tierra igual que en la anterior, con lindo paisaje y buena playa y que por lo visto en esa zona no se transitaba seguido.

Siguiendo con nuestra improvisada colonización partimos hacia otra isla (ésta conocida) que teníamos en el camino de vuelta pretendiendo atracar allí y almorzar, cosa que tuvimos que obviar (el atraque, no el almuerzo) por la poca profundidad, esta vez, que no nos permitía llegar a tierra.

Planeamos entonces hacer una picada navegando así que mientras servíamos las últimas vituallas que quedaban en las conservadoras íbamos apreciando el paisaje con un agua quieta y azul como un espejo, las costas barrancosas y el cielo limpio.

La llegada fue a las 13:50 y como todo lo sucedido en el día, en extremo tranquilo.

Desembarcamos, nos despedimos y así pusimos fin a lo que fue un excelente y bien disfrutado fin de semana.

Hasta la próxima!

Martín Racedo

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